Situación del teatro
La situación del teatro en Tucumán es particular. Actualmente se puede decir que, si se dejan de lado los grupos y compañías dramáticas que visitan estas latitudes, hay tres fuentes que producen este arte en la provincia: el Teatro Estable dela Provincia , la Universidad Nacional de Tucumán y los teatristas independientes. No es exagerado sostener que alrededor del 80% de la actividad teatral de Tucumán es obra del último grupo. Sin embargo el público que los teatristas independientes reúnen apenas sobrepasa el 20% del total de quienes consumen teatro. Este desequilibrio entre oferta y demanda es una cuestión a tomar en cuenta para pensar en el desarrollo de las industrias culturales en la provincia.
El teatro es un arte que ha estado muy presente en la sociedad tucumana a lo largo del siglo pasado, y sus dos hitos de mayor importancia han sido la creación del Teatro Estable en 1959 y la apertura de la carrera de Teatro enla Facultad de Artes de la UNT en 1984. Ambos eventos implican la institucionalización de la actividad y expresan la voluntad oficial de convertirla en una industria cultural floreciente. De todos modos si se examina la actualidad teatral tucumana, se comprobará que el florecimiento es pequeño y la institucionalidad es parcial.
En efecto, pese a que hoy en día esté en plena vigencia la ley provincial 7854, ley que está pensada para incentivar y apoyar al teatro independiente (que es aquel que producen, en su gran mayoría, los egresados de la carrera de Teatro dela UNT , y que se realiza en una de las aproximadamente 20 salas que forman el circuito teatral independiente), aún así su funcionamiento está plagado de trampas. El problema, fundamentalmente, es que el teatro independiente debe afrontar año a año la progresiva reducción de su presupuesto. Y a eso se le suma el retraso en los pagos y la demora de las respuestas por parte del Ente Cultural de Tucumán.
Sobre la (im)prescindibilidad de la cultura
El teatro independiente es maltratado por las autoridades del Estado pues éstas lo consideran prescindible. Cómo el público que reúnen es escaso, entonces es sencillo marginarlos, ya que no tienen poder de movilización. Piensan que si los hacen desaparecer, van a ser pocos los que los extrañen, y por ese motivo el daño político que se hacen a ellos mismos es pequeño comparado con el que se harían si trataran del mismo modo a otros grupos que están amparados por políticas públicas.
Un intelectual vernáculo, Samuel Schkolnik, señala que “hubo tiempos en que el proscenio y la biblioteca proyectaban sus efectos en las calles y en las plazas. […] Esa exposición del ánimo colectivo a las manifestaciones más altas del espíritu es lo que ha cesado.” Y agrega: “algunas evidencias de tal cesantía son el imperio de la brutalidad en la vía pública, la indiferencia ante la destrucción del patrimonio arquitectónico, la crispación que campea en tantas vidas abundantes de urgencias pero escasas de horizontes.” Es decir, para Schkolnik es evidente que la mayor parte de la gente –desde los años que evoca hasta la actualidad– ha cambiado los modos de entretenerse, abandonando masivamente el teatro y los libros para reemplazarlos por la televisión, el cine, los videojuegos y las revistas.
Un poco después sostiene: “Ahora bien, podemos, si queremos, sacar las comillas de la palabra ‘cultura’, empleándola en su sentido antropológico. De esa manera, resultará que el rock, sus bandas y sus tribus, el fútbol y las suyas, los políticos y sus punteros, el tránsito y sus inspectores, son parte de nuestra cultura quizás más genuinamente que el Cancionero Popular de Tucumán”. Más allá de la visión elitista de este doctor en filosofía que considera que una expresión artística como el rock es axiológicamente inferior al teatro (lo de “sus bandas y sus tribus” posiblemente sea una manera de referirse a las subculturas juveniles), y dejando de lado a los políticos y a los inspectores de tránsito, es interesante lo del fútbol. En Tucumán, clubes como Atlético y San Martín reciben generosas subvenciones estatales a través de Decretos de Necesidad y Urgencia. El teatro popular es, hoy en día, el fútbol.
Para el gobierno tucumano el teatro –sobre todo el independiente– puede flotar a la deriva, pero el fútbol no puede ser abandonado bajo ningún punto de vista.
Teatro de situación
Resulta penoso encontrar a un grupo de gente peleando por obtener lo que les corresponde por ley, en lugar de estar empleando el tiempo y el esfuerzo en perfeccionar su actividad. La inconfesada excusa que utiliza el Ente Cultural de Tucumán para hacer un manejo discrecional de su presupuesto es la “calidad”. Del mismo modo que Schkolnik le negaría subvenciones al rock por no considerarlo un arte, el Ente Cultural, cuyo máximo responsable es Mauricio Guzmán, le mezquina dinero al teatro independiente por considerarlo inferior a lo que produce el Teatro Estable.
La calidad de una obra artística depende del espectador: lo que es una obra excelente para algunos puede no serla para otros, y viceversa. Desde ese punto de vista muchos teatristas se escudan diciendo que son maltratados por el gobierno provincial pues sus propuestas “jaquearían” de algún modo a ese mismo gobierno. Y desde el Ente Cultural (apoyándose en lo que sostiene el Instituto Nacional de Teatro) arguyen que hay muchas obras que son pésimas, que de artístico no tienen ni la intención, y que ello es razón suficiente para no andar regalando el dinero.
En este escenario de acusaciones cruzadas el punto de conciliación está ausente, pues las dos instancias utilizan argumentos válidos: el teatro independiente si tiene un poder transgresor y es muy común que las cosas se hagan con más intención de conseguir dinero fácil que de sentirse recompensado en su labor artística por ese dinero. Entonces lo que hay que hacer es avanzar hacia el diseño de una política cultural seria, que no sea la mera pirotecnia alperovichista que pone en el escenario a Charly García y ala Bomba Gladys por la inocuidad de sus mensajes y por su garantizado poder de convocatoria.
El año pasado se organizaron varias manifestaciones de artistas independientes (teatristas y músicos) totalmente infructíferas. Fueron tan ignoradas sus demandas, que llegaron a asemejarse a los reclamos semanales de los jubilados. La causa de ello fue que un paro de músicos o de teatristas sólo a ellos les genera algún tipo de daño, pues así como el jubilado no es necesario para que la sociedad y el Estado funcionen normalmente, así también, según parece, se puede pensar al mundo sin teatristas independientes.
Entonces lo que el Estado debería intentar, trabajando junto al compromiso de los teatristas, es crear la necesidad. Si hay una necesidad de teatro, entonces una huelga de teatristas generaría malestar en la ciudadanía, y estimularía la solidaridad de ésta hacia aquellos. Y para que haya una “necesidad” de teatro hay que trabajar en torno a la construcción de la demanda, romper con el esquema del 80/20. No alcanza con armar un circuito teatral en San Miguel de Tucumán similar al que existe en Londres o París, es necesario que quienes forman parte de ese circuito lo amplíen en todas las direcciones posibles (llevar el teatro a las escuelas, a los clubes, a los barrios, etc.) y hacerlo con el apoyo y el acompañamiento del Estado, trabajando para valorar lo que emerge localmente, y contribuyendo a afianzar la identidad cultural regional.
La situación del teatro en Tucumán es particular. Actualmente se puede decir que, si se dejan de lado los grupos y compañías dramáticas que visitan estas latitudes, hay tres fuentes que producen este arte en la provincia: el Teatro Estable de
El teatro es un arte que ha estado muy presente en la sociedad tucumana a lo largo del siglo pasado, y sus dos hitos de mayor importancia han sido la creación del Teatro Estable en 1959 y la apertura de la carrera de Teatro en
En efecto, pese a que hoy en día esté en plena vigencia la ley provincial 7854, ley que está pensada para incentivar y apoyar al teatro independiente (que es aquel que producen, en su gran mayoría, los egresados de la carrera de Teatro de
Sobre la (im)prescindibilidad de la cultura
El teatro independiente es maltratado por las autoridades del Estado pues éstas lo consideran prescindible. Cómo el público que reúnen es escaso, entonces es sencillo marginarlos, ya que no tienen poder de movilización. Piensan que si los hacen desaparecer, van a ser pocos los que los extrañen, y por ese motivo el daño político que se hacen a ellos mismos es pequeño comparado con el que se harían si trataran del mismo modo a otros grupos que están amparados por políticas públicas.
Un intelectual vernáculo, Samuel Schkolnik, señala que “hubo tiempos en que el proscenio y la biblioteca proyectaban sus efectos en las calles y en las plazas. […] Esa exposición del ánimo colectivo a las manifestaciones más altas del espíritu es lo que ha cesado.” Y agrega: “algunas evidencias de tal cesantía son el imperio de la brutalidad en la vía pública, la indiferencia ante la destrucción del patrimonio arquitectónico, la crispación que campea en tantas vidas abundantes de urgencias pero escasas de horizontes.” Es decir, para Schkolnik es evidente que la mayor parte de la gente –desde los años que evoca hasta la actualidad– ha cambiado los modos de entretenerse, abandonando masivamente el teatro y los libros para reemplazarlos por la televisión, el cine, los videojuegos y las revistas.
Un poco después sostiene: “Ahora bien, podemos, si queremos, sacar las comillas de la palabra ‘cultura’, empleándola en su sentido antropológico. De esa manera, resultará que el rock, sus bandas y sus tribus, el fútbol y las suyas, los políticos y sus punteros, el tránsito y sus inspectores, son parte de nuestra cultura quizás más genuinamente que el Cancionero Popular de Tucumán”. Más allá de la visión elitista de este doctor en filosofía que considera que una expresión artística como el rock es axiológicamente inferior al teatro (lo de “sus bandas y sus tribus” posiblemente sea una manera de referirse a las subculturas juveniles), y dejando de lado a los políticos y a los inspectores de tránsito, es interesante lo del fútbol. En Tucumán, clubes como Atlético y San Martín reciben generosas subvenciones estatales a través de Decretos de Necesidad y Urgencia. El teatro popular es, hoy en día, el fútbol.
Para el gobierno tucumano el teatro –sobre todo el independiente– puede flotar a la deriva, pero el fútbol no puede ser abandonado bajo ningún punto de vista.
Teatro de situación
Resulta penoso encontrar a un grupo de gente peleando por obtener lo que les corresponde por ley, en lugar de estar empleando el tiempo y el esfuerzo en perfeccionar su actividad. La inconfesada excusa que utiliza el Ente Cultural de Tucumán para hacer un manejo discrecional de su presupuesto es la “calidad”. Del mismo modo que Schkolnik le negaría subvenciones al rock por no considerarlo un arte, el Ente Cultural, cuyo máximo responsable es Mauricio Guzmán, le mezquina dinero al teatro independiente por considerarlo inferior a lo que produce el Teatro Estable.
La calidad de una obra artística depende del espectador: lo que es una obra excelente para algunos puede no serla para otros, y viceversa. Desde ese punto de vista muchos teatristas se escudan diciendo que son maltratados por el gobierno provincial pues sus propuestas “jaquearían” de algún modo a ese mismo gobierno. Y desde el Ente Cultural (apoyándose en lo que sostiene el Instituto Nacional de Teatro) arguyen que hay muchas obras que son pésimas, que de artístico no tienen ni la intención, y que ello es razón suficiente para no andar regalando el dinero.
En este escenario de acusaciones cruzadas el punto de conciliación está ausente, pues las dos instancias utilizan argumentos válidos: el teatro independiente si tiene un poder transgresor y es muy común que las cosas se hagan con más intención de conseguir dinero fácil que de sentirse recompensado en su labor artística por ese dinero. Entonces lo que hay que hacer es avanzar hacia el diseño de una política cultural seria, que no sea la mera pirotecnia alperovichista que pone en el escenario a Charly García y a
El año pasado se organizaron varias manifestaciones de artistas independientes (teatristas y músicos) totalmente infructíferas. Fueron tan ignoradas sus demandas, que llegaron a asemejarse a los reclamos semanales de los jubilados. La causa de ello fue que un paro de músicos o de teatristas sólo a ellos les genera algún tipo de daño, pues así como el jubilado no es necesario para que la sociedad y el Estado funcionen normalmente, así también, según parece, se puede pensar al mundo sin teatristas independientes.
Entonces lo que el Estado debería intentar, trabajando junto al compromiso de los teatristas, es crear la necesidad. Si hay una necesidad de teatro, entonces una huelga de teatristas generaría malestar en la ciudadanía, y estimularía la solidaridad de ésta hacia aquellos. Y para que haya una “necesidad” de teatro hay que trabajar en torno a la construcción de la demanda, romper con el esquema del 80/20. No alcanza con armar un circuito teatral en San Miguel de Tucumán similar al que existe en Londres o París, es necesario que quienes forman parte de ese circuito lo amplíen en todas las direcciones posibles (llevar el teatro a las escuelas, a los clubes, a los barrios, etc.) y hacerlo con el apoyo y el acompañamiento del Estado, trabajando para valorar lo que emerge localmente, y contribuyendo a afianzar la identidad cultural regional.



"El teatro popular es, hoy en día, el fútbol."
ResponderSuprimirja, hoy en A las 7 el impresentable de Gerónimo Vargas Aignasse decía que el está armando una ley para convertir al fútbol en un servicio público. El tipo hablaba entusiasmado de cómo funcionan los promedios, cuál es la estructura del Argentino A, y por qué el Estado tiene que intervenir para que, a través del Congreso Nacional, Atlético y San Martín duren más que un año en primera. Rojkes lo miraba con cara de asombro, porque Gerónimo hablaba como si estuviese con el Gordo Palacios y Fantino.
Como pueden politizar el fútbol están todos detrás, como el teatro se politiza a si mismo nadie le da bola.
Buena opinión.
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