El robo silencioso
Quienes usamos a diario el transporte público en San Miguel de Tucumán tendemos a valorar más que nadie a las monedas. Esas pequeñas y redondas piezas de metal que representan los valores más bajos tienen, para nosotros, una importancia mayúscula. Es muy común que –ante la imposibilidad de conseguir cospeles para cambiarlos por boletos– día a día “regalemos” con resignación monedas de 5 o 10 centavos a los choferes de colectivos, que sin congoja suelen informarnos de que carecen de vuelto para darnos (similar práctica realizan los taxistas, tan dispuestos siempre a redondear para arriba en lugar de hacerlo para abajo, en clara falta de lo que dicta la ley nacional 25.954).
La situación es molesta: el boleto sube pero las “propinas” que estamos obligados a dar no bajan. Diariamente perdemos pequeñas sumas de dinero, que se hacen notar a fin de mes cuando 1, 2, 3 o más pesos nos faltan de nuestros bolsillos. Si se toma en cuenta que somos decenas de miles los que usamos el transporte público tucumano, y que a todos nos hacen lo mismo, entonces se comprenderá que los transportistas recaudan siempre un extra en negro que está libre de impuestos y, lamentablemente, libre de cuestionamientos.
El de$aparecido Pellegrini
La escasez de monedas parece ser algo crónico. Detrás de ello hay varios involucrados, siendo las empresas transportadoras de caudales las que más responsabilidad tienen. En efecto, desde que salió de circulación el billete de 1 peso (aquel que llevaba la efigie de Pellegrini) la circulación de monedas, en contrapartida, creció significativamente. Ello sirvió para que el acopio de monedas y la especulación de quienes diariamente reciben grandes cantidades de las mismas se ponga en marcha.
Ahora bien, ¿quién fue el responsable de la desaparición, en plena democracia, del Pellegrini? Por un lado es conocido el lobby que hizo la empresa IBM durante los años del menemato para implementar las máquinas expendedoras de boletos, ya que ellos terminaron ganando innumerables licitaciones para implementar el servicio. IBM fue uno de los principales grupos que alentó al Estado para que los Pellegrinis desaparezcan y la venta de máquinas expendedoras se tornase una necesidad, pero también –por otro lado– hubo muchos más interesados, entre los cuales los más visibles fueron las empresas de transporte urbano y la industria del juego.
Tras la desaparición del Pellegrini, reapareció un fenómeno que en Argentina se había extinguido hacía casi un siglo (después de superar la época en que se acuñaban monedas de oro y plata): la falseación. El fin de la inflación y el tipo de cambio equilibrado con el dólar contribuyó a desatar una fiebre falseadora de monedas cuyas consecuencias aún hoy se perciben. Se estima que, actualmente, en un conjunto de 1.000 monedas argentinas (hechas, supuestamente, de aleaciones de cobre y aluminio o de cobre y níquel) es posible encontrar al menos 5 monedas falsas (fabricadas a base de cobre –lo que explica por qué hay tanto robo de cables, placas y elementos hechos con ese material– y otros metales, entre los que se incluye el zinc, el estaño, el antimonio y el plomo). Las monedas falsas, producidas con moldes de joyería, son reconocibles porque suelen desteñirse o borrarse sus relieves sin mucho esfuerzo.
Los bancos, según sus propias palabras, no aceptan este tipo de monedas, pero ellas son fáciles de encontrar en todos los sitios donde se paga en efectivo con sumas pequeñas, lo que incluye supermercados, locales de apuestas, transportes públicos, etc. En este entramado, las transportadoras de caudales aparecen para administrar dinero que es destinado mayormente a bancos, y muchas de ellas se jactan de poder garantizar un amplio abastecimiento de monedas a quienes lo soliciten. El negocio de las monedas, donde todos son cómplices, se delinea por ese costado, en frente a los que ilusamente creemos que las monedas no tienen más que el “insignificante” valor asignado.
El negocio de las tarjetas
Las autoridades de AETAT son plenamente concientes de todo este asunto. Cristóbal Cazorla, el máximo dirigente de la institución, ha resistido públicamente la instalación de las llamadas “tarjetas magnéticas”. Si bien él no lo ha expresado abiertamente, la principal objeción al funcionamiento de este sistema viene del lado de evitar los enormes gastos que, junto al Municipio, estarían obligadas a afrontar las empresas transportistas de pasajeros, y de no tener que responsabilizarse por el impacto negativo que las tarjetas magnéticas causarían en los usuarios.
Lo particular del sistema de boleto electrónico es que la inversión para que el proyecto se ponga en funcionamiento es altísima, lo que hace que, de entrada, pequeñas y medianas empresas queden excluidas de las licitaciones. A ello se le suma el hecho de que es muy probable que también se requiera un nuevo aumento en el boleto, que sería más sencillamente obtenible con la excusa de que la renovación tecnológica nunca es gratuita.
El auténtico problema, no obstante, estará en determinar si conviene que las tarjetas sean o no recargables. Si decide por lo último, entonces se aprobará un sistema similar al de los actuales cospeles, que cambiará muy poco toda la problemática vigente del transporte urbano. Si se opta por lo primero, en cambio, una nueva cascada de problemas emergerán entre los vecinos tucumanos (sobre todo los ligados al tema de la recarga de las dichosas tarjetas), haciendo tambalear el éxito del proyecto, convirtiendo a todo los gastos y subsidios iniciales en dinero despilfarrado.
Como se ve, en este asunto de la escasez de monedas, la cadena de responsabilidades es muy larga. La transparencia es lo único que puede asegurar la justicia.
Quienes usamos a diario el transporte público en San Miguel de Tucumán tendemos a valorar más que nadie a las monedas. Esas pequeñas y redondas piezas de metal que representan los valores más bajos tienen, para nosotros, una importancia mayúscula. Es muy común que –ante la imposibilidad de conseguir cospeles para cambiarlos por boletos– día a día “regalemos” con resignación monedas de 5 o 10 centavos a los choferes de colectivos, que sin congoja suelen informarnos de que carecen de vuelto para darnos (similar práctica realizan los taxistas, tan dispuestos siempre a redondear para arriba en lugar de hacerlo para abajo, en clara falta de lo que dicta la ley nacional 25.954).La situación es molesta: el boleto sube pero las “propinas” que estamos obligados a dar no bajan. Diariamente perdemos pequeñas sumas de dinero, que se hacen notar a fin de mes cuando 1, 2, 3 o más pesos nos faltan de nuestros bolsillos. Si se toma en cuenta que somos decenas de miles los que usamos el transporte público tucumano, y que a todos nos hacen lo mismo, entonces se comprenderá que los transportistas recaudan siempre un extra en negro que está libre de impuestos y, lamentablemente, libre de cuestionamientos.
El de$aparecido Pellegrini
La escasez de monedas parece ser algo crónico. Detrás de ello hay varios involucrados, siendo las empresas transportadoras de caudales las que más responsabilidad tienen. En efecto, desde que salió de circulación el billete de 1 peso (aquel que llevaba la efigie de Pellegrini) la circulación de monedas, en contrapartida, creció significativamente. Ello sirvió para que el acopio de monedas y la especulación de quienes diariamente reciben grandes cantidades de las mismas se ponga en marcha.
Ahora bien, ¿quién fue el responsable de la desaparición, en plena democracia, del Pellegrini? Por un lado es conocido el lobby que hizo la empresa IBM durante los años del menemato para implementar las máquinas expendedoras de boletos, ya que ellos terminaron ganando innumerables licitaciones para implementar el servicio. IBM fue uno de los principales grupos que alentó al Estado para que los Pellegrinis desaparezcan y la venta de máquinas expendedoras se tornase una necesidad, pero también –por otro lado– hubo muchos más interesados, entre los cuales los más visibles fueron las empresas de transporte urbano y la industria del juego.
Tras la desaparición del Pellegrini, reapareció un fenómeno que en Argentina se había extinguido hacía casi un siglo (después de superar la época en que se acuñaban monedas de oro y plata): la falseación. El fin de la inflación y el tipo de cambio equilibrado con el dólar contribuyó a desatar una fiebre falseadora de monedas cuyas consecuencias aún hoy se perciben. Se estima que, actualmente, en un conjunto de 1.000 monedas argentinas (hechas, supuestamente, de aleaciones de cobre y aluminio o de cobre y níquel) es posible encontrar al menos 5 monedas falsas (fabricadas a base de cobre –lo que explica por qué hay tanto robo de cables, placas y elementos hechos con ese material– y otros metales, entre los que se incluye el zinc, el estaño, el antimonio y el plomo). Las monedas falsas, producidas con moldes de joyería, son reconocibles porque suelen desteñirse o borrarse sus relieves sin mucho esfuerzo.
Los bancos, según sus propias palabras, no aceptan este tipo de monedas, pero ellas son fáciles de encontrar en todos los sitios donde se paga en efectivo con sumas pequeñas, lo que incluye supermercados, locales de apuestas, transportes públicos, etc. En este entramado, las transportadoras de caudales aparecen para administrar dinero que es destinado mayormente a bancos, y muchas de ellas se jactan de poder garantizar un amplio abastecimiento de monedas a quienes lo soliciten. El negocio de las monedas, donde todos son cómplices, se delinea por ese costado, en frente a los que ilusamente creemos que las monedas no tienen más que el “insignificante” valor asignado.
El negocio de las tarjetas
Las autoridades de AETAT son plenamente concientes de todo este asunto. Cristóbal Cazorla, el máximo dirigente de la institución, ha resistido públicamente la instalación de las llamadas “tarjetas magnéticas”. Si bien él no lo ha expresado abiertamente, la principal objeción al funcionamiento de este sistema viene del lado de evitar los enormes gastos que, junto al Municipio, estarían obligadas a afrontar las empresas transportistas de pasajeros, y de no tener que responsabilizarse por el impacto negativo que las tarjetas magnéticas causarían en los usuarios.
Lo particular del sistema de boleto electrónico es que la inversión para que el proyecto se ponga en funcionamiento es altísima, lo que hace que, de entrada, pequeñas y medianas empresas queden excluidas de las licitaciones. A ello se le suma el hecho de que es muy probable que también se requiera un nuevo aumento en el boleto, que sería más sencillamente obtenible con la excusa de que la renovación tecnológica nunca es gratuita.
El auténtico problema, no obstante, estará en determinar si conviene que las tarjetas sean o no recargables. Si decide por lo último, entonces se aprobará un sistema similar al de los actuales cospeles, que cambiará muy poco toda la problemática vigente del transporte urbano. Si se opta por lo primero, en cambio, una nueva cascada de problemas emergerán entre los vecinos tucumanos (sobre todo los ligados al tema de la recarga de las dichosas tarjetas), haciendo tambalear el éxito del proyecto, convirtiendo a todo los gastos y subsidios iniciales en dinero despilfarrado.
Como se ve, en este asunto de la escasez de monedas, la cadena de responsabilidades es muy larga. La transparencia es lo único que puede asegurar la justicia.

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